LOS HUERTOS DE SIMPLES
EL JARDÍN DE LA ALAMEDA
EL HUERTO DE TRAMOYERES
EL SIGLO XX
LA RESTAURACIÓN
LOS HUERTOS DE SIMPLES
Los huertos de simples, como complemento práctico en los estudios de medicina, surgieron en las universidades de la Italia renacentista. El más antiguo lo fundó Luca Ghini en Pisa, en 1543, al que siguieron los de Padua y Florencia en 1545, Bolonia en 1547, y los de otras universidades europeas como Zurich, Montpellier, Utrech o París.
La primera iniciativa para instalar un jardín botánico en Valencia surgió en 1567. Fue cuando los magistrados de la ciudad nombraron a Joan Plaça catedrático de Herbes y le encargaron la formación de un huerto de simples, donde enseñar a sus alumnos las plantas medicinales que explicaba en el aula.
Joan Plaça era, por entonces, corresponsal del botánico flamenco Charles de LEscluse (Clusius) al que había acompañado en sus viajes por España en 1563 y 1564 y al que mostró, en Valencia, el primer aguacate (Persea americana) aclimatado en Europa. Los dos botánicos mantuvieron una larga y estrecha colaboración y Clusius incluyó plantas valencianas enviadas por Plaça en sus tratados de botánica. De su actividad docente poco se sabe, pues no dejó ninguna obra escrita, pero se han conservado las notas tomadas en clase por un alumno anónimo donde se muestra el elevado nivel de sus conocimientos y enseñanzas.
Es posible que Joan Plaça no cumpliera el encargo de la ciudad de fundar un huerto de simples pero, si lo hizo, no debió ser duradero. En 1631 los profesores de medicina, los cirujanos y los boticarios se quejaron a la ciudad por la falta de un lugar donde cultivar plantas medicinales para mostrarlas a los estudiantes. Los argumentos convencieron al municipio quien, dos años más tarde, arrendó dos huertos fuera de los muros de la Ciudad, junto al convento de San Julián, en la calle de Sagunto, para cultivar un nuevo huerto de simples, que confió a Melchor de Villena, catedrático de Herbes.
Tampoco este jardín fue duradero y en 1684 Gaudenci Senach, también catedrático de Herbes, recibió el encargo real de organizar otro huerto de simples. Para ello adquirió una casa en la parroquia de San Lorenzo, frente al colegio de San Pedro Nolasco y arrendó el huerto contiguo. En la casa se acondicionaron dependencias para la explicación de las clases y para el reconocimiento de las plantas recogidas en el campo, y en el huerto se plantaron diversas especies medicinales. Tampoco en esta ocasión hubo continuidad y a principios del siglo XVIII no existía ningún huerto de simples en Valencia. En las Constituciones de la Universidad redactadas en 1733, se detallaba cómo debía ser la enseñanza de Herbes y se insistía en la necesidad de herborizar en el campo y de disponer de un huerto para explicar las plantas medicinales. Pese a la claridad del mandato, la Universidad de Valencia no consigue instalar de nuevo un jardín botánico hasta finales de siglo.
EL JARDÍN DE LA ALAMEDA 
Pero durante el siglo XVIII el descubrimiento de nuevas plantas traídas de todas las partes del mundo por la expediciones científicas enviadas por la Corona a explorar territorios desconocidos, el empuje dado por Carlos III al desarrollo de las Ciencias Naturales y el interés por el desarrollo de la agricultura, provocaron un cambio en la orientación de la botánica, que pasó a interesarse especialmente por la sistemática y por el cultivo y domesticación de nuevas plantas. El concepto de jardín botánico se adaptó a esta nueva orientación. Ya no se buscaba un espacio sólo para las plantas medicinales, sino también para el ensayo de nuevos cultivos y el estudio de las plantas en general. Con esta idea la Universidad buscó un lugar apropiado para ubicar su jardín botánico, pero por diversos motivos políticos o económicos no fue fácil encontrarlo. En 1757 el rector Demetrio Lorés propuso a la ciudad la instalación de un jardín botánico en la Alameda, la propuesta no se aceptó hasta 1778. El proyecto fue redactado por Tomás Manuel Vilanova, catedrático de química y botánica, pero nunca se llevó a cabo, aunque la Universidad no olvidó su idea de instalar su jardín botánico en la Alameda.
En 1787 se aprobó el Plan de Estudios elaborado por el rector Vicente Blasco, por el cual se modernizaron todos los estudios universitarios y entre ellos los de botánica y, como no podía ser de otro modo, se insistía en la necesidad de un jardín botánico universitario para la enseñanza de esta ciencia que cada vez adquiría más importancia. La propuesta contó con el apoyo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia. Esta sociedad fue fundada en 1776 y se preocupó por el desarrollo técnico y económico de la región y, especialmente, por el avance de la agricultura. En 1798 la ciudad cedió terrenos en la Alameda para que la Universidad instalará allí su jardín botánico y se iniciaron las obras de acondicionamiento y las plantaciones, pero pronto se dejó ver la existencia de un conflicto de competencias. La Real Sociedad Económica quiso ser la propietaria de los terrenos y cederlos a la Universidad sólo para las clases, la Universidad, por su parte, quiso tener total independencia y ser la responsable última de los terrenos, su gestión, las plantaciones y los ensayos. A estas desavenencias se unieron, las protestas ciudadanas por el lugar escogido, que era utilizado hasta entonces para el esparcimiento y paseo de los valencianos, y la mala calidad de los terrenos, lo que finalmente obligó a buscar un nuevo lugar para el Jardín.
EL HUERTO DE TRAMOYERES
A principios de 1802 se encontró un lugar que, por fin, resultó definitivo: el huerto de Tramoyeres, frente al convento de San Sebastián, en las inmediaciones de las Torres de Quart. El rector Vicente Blasco, asesorado por su discípulo y amigo Antonio José Cavanilles, por entonces director del Real Jardín Botánico de Madrid, encargó a Francisco Gil la puesta en funcionamiento del Jardín Botánico y supervisó personalmente el desarrollo de las plantaciones y los trabajos de instalación. Cavanilles participó activamente en el diseño del nuevo jardín y propuso al rector la construcción de instalaciones semejantes a las que había conocido en el Jardin des plantes de París. Entre 1802 y 1804 se trasladaron al Botánico plantas desde la Alameda y desde el jardín de aclimatación que el arzobispado mantenía en Puzol, se adquirieron libros y materiales y se realizaron diversas obras de acondicionamiento de las instalaciones para poder dar clase. En 1805 el Vicente Alfonso Lorente, que había estudiado medicina en Valencia y se había formado como botánico con Tomás Manuel Vilanova y fray Constantino de Castellote, director del Jardín de Puzol, obtuvo la cátedra perpetua de Botánica y se hizo cargo de la dirección del Jardín Botánico.
Lorente concluyó las obras, creó la Escuela Botánica, que fue ordenada según el método sexual de Linneo, y en 1806 leyó el discurso de apertura del nuevo Jardín Botánico de la Universidad de Valencia. Enseguida empezaron las clases y al año siguiente la colaboración con la Real Sociedad Económica de Amigos del País en los ensayos de cultivo y aclimatación de plantas tintóreas de origen africano como el añil (Indigofera tinctoria) o la goma arábiga (Mimosa nilotica), pero un nuevo contratiempo detuvo el desarrollo del Jardín. A finales de 1811 las tropas napoleónicas lo arrasaron durante el asedio a la ciudad de Valencia. Lorente fue hecho prisionero y condenado a muerte, de la que se salvó, según cuenta Colmeiro, por la intervención de Léon Dufour, médico y naturalista francés que acompañaba a las tropas napoleónicas. En 1813, tras la retirada del ejército francés, el Jardín quedó en un estado lamentable y en ese mismo año murió Lorente. La Universidad intentó recuperarlo inmediatamente y lo puso en manos de José Paulí que poco pudo hacer para mantenerlo. Cuando el rey Fernando VII lo visitó en 1815, sólo se cultivaban en él hortalizas y legumbres.
El Jardín no inició su recuperación hasta que en 1829 José Pizcueta Donday obtuvo la cátedra de Botánica y fue nombrado director. Pizcueta había sido comisionado por la Universidad para estudiar botánica en el Real Jardín Botánico de Madrid. Allí fueron sus maestros Mariano Lagasca y Demetrio Rodríguez, a su vez discípulos de Cavanilles, y de ellos tomó el interés por la sistemática y los nuevos cultivos. Bajo su dirección el Jardín alcanzó el mayor esplendor de su historia. Desarrolló una intensa actividad de ordenación e incremento de las colecciones de plantas, y construyó las instalaciones adecuadas para la aclimatación y el cultivo de especies exóticas. Auxiliado por Felix Robillard, formado en el Jardin des Plantes de Paris, modernizó la Escuela Botánica ordenándola según el método natural de Endlicher. Como Lorente, se interesó por las plantas tintóreas y ensayó el cultivo del azafrán bastardo (Carthamus tinctorius). En 1845, aprovechando la reforma del plan de estudios, el denominado Plan Pidal, y las fuertes aportaciones económicas que supuso, construyó un invernadero de madera de 30 metros de largo y cinco de alto, adosado al muro este del jardín (en el lugar que hoy ocupa el invernadero de la balsa). Fue proyectado por Timoteo Calvo, arquitecto de la Universidad, autor también del proyecto del antiguo edificio de la Universidad en la calle de La Nave. También construyó, detrás de él, un umbráculo de unos 800 m2, con 44 columnas de madera y cubierta vegetal. En 1856 publicó el primer catálogo de plantas del Jardín, en el que figuran más de 6.000 especies distintas.
Pero los invernaderos construidos a finales de los 40 pronto quedaron pequeños, ante el rápido crecimiento de las plantas subtropicales. En 1858 Pizcueta informó a la Universidad de la necesidad de construir una gran estufa tropical y ésta escribió al Ministro de Fomento solicitando una dotación económica especial para este fin.
En 1859 Pizcueta fue nombrado rector de la Universidad y desde su nueva situación siguió trabajando por el Jardín, abordando el proyecto de construcción de la estufa que había sido aprobado por el Ministerio. En esa época ya se habían construido en algunos jardines botánicos europeos estufas de hierro y vidrio, y había empresas especializadas en Francia, Inglaterra y Alemania. Pizcueta pidió presupuestos a algunas de ellas, pero todos resultaron demasiado costosos. Finalmente la Universidad decidió abordar el proyecto contando sólo con empresas, arquitectos y técnicos españoles. El proyecto fue redactado por Sebastián Monleón, arquitecto de la Universidad, la estructura metálica se fabricó en Bilbao y el vidrio en La Coruña. La estructura fue ensamblada por el cerrajero valenciano Francisco Seytre y quedó montada en 1861. La obra se concluyó a principios de 1862, con la instalación de la cubierta de cristal. La estufa tropical del Jardín Botánico fue un alarde tecnológico en la España de medidos del XIX y constituye una obra singular construida en el inicio del uso del hierro como material constructivo.
Pizcueta colaboró estrechamente con la Real Sociedad Económica de Amigos del País, de la que llegó a ser presidente, y le cedió terrenos del Jardín, para el desarrollo de las clases prácticas de agricultura. En 1862 publicó el primer Delectus Seminum in Horto Botanico Valentino o catálogo de semillas recolectadas en el Jardín, del que se encargó Rafael Cisternas.
La creación de la Facultad de Ciencias en 1857 supuso un cambio importante para la botánica y para el Jardín. La botánica desapareció como asignatura independiente y la cátedra de Historia Natural (o la de Mineralogía y Botánica, según las épocas) se encargó de ella. El Jardín, que siempre estuvo dirigido por médicos, catedráticos de Botánica, con formación y vocación por las plantas, pasó a ser dirigido por los catedráticos de Historia Natural no especialistas en botánica. A Pizcueta le sucedieron Rafael Cisternas (1867-1876), interesado por de los peces de agua dulce, José Arévalo Baca (1876-1888), especializado en aves, y Eduardo Boscá (1888-1913), dedicado al estudio de los reptiles.
De todos ellos el que tuvo una actividad más relevante fue José Arévalo Baca. Durante su dirección se desarrolló una intensa actividad de investigación de nuevas prácticas agrícolas. Se probó el guano como fertilizante y, antes de ser introducidas en la huerta de Valencia, se ensayó el cultivo de distintas especies de origen americano como la batata (Ipomoea batatas), el cacahuete (Arachis hypogaea) y la soja (Glycine max). El Jardín suministró a los agricultores valencianos las primeras semillas para que iniciaran el cultivo de estas especies. La importancia que alcanzó en el desarrollo de la agricultura provocó la expropiación de los terrenos adyacentes para ampliar la zona dedicada a los ensayos, con lo que en 1877 el Jardín adquirió su configuración actual. También en tiempos de Arévalo Baca se construyó la estufa de la balsa, con hierro y vidrio a semejanza de la tropical, para sustituir al invernadero de madera y vidrio de Timoteo Calvo, ya en ruinas, y se renovaron los invernaderos de producción que existían delante de la estufa tropical.
En 1897, siendo director Eduardo Boscá, se planteó la necesidad de construir un nuevo umbráculo para sustituir al de madera que había detrás de la estufa de la balsa y que se encontraba en ruinas. El proyecto lo redactó y ejecutó Arturo Mélida, arquitecto de la Universidad, que propuso una construcción semicilíndrica de hierro apoyada en columnas de ladrillo, la sombra se conseguía extendiendo unos toldos sobre la cubierta. En el centro del umbráculo se dispuso un estanque para regar las plantas que se trasladaban a la sombra en verano, volviendo a los invernaderos en invierno. Fue la última gran construcción realizada en el Jardín.
EL SIGLO XX
A finales del siglo XIX la docencia de la botánica se traslada al Gabinete de Historia Natural ubicado en el edificio central de la Universidad, en la calle de La Nave. El Jardín pierde su función docente y, con ello, inicia un lento declive que se verá agudizado por las trágicas circunstancias que se sucedieron durante la primera mitad del siglo XX: las guerras coloniales, la Guerra Civil, la postguerra y la riada que en 1957 asoló Valencia y el propio Jardín.
Francisco Beltrán, catedrático de Historia Natural, dirigió el Botánico durante casi toda la primera mitad del siglo. A diferencia de sus inmediatos antecesores, Beltrán sí tenía formación botánica y, aunque su investigación se centró en el estudio de los musgos, se preocupó por el conocimiento de la flora valenciana. Mantuvo las colecciones y el intercambio de semillas y confeccionó un fichero de las plantas cultivadas. Pero la riada del 57 malogró su obra, el Jardín se anegó, las colecciones de plantas vivas quedaron muy deterioradas y se destruyó parte del archivo y de la biblioteca. Durante años se trabajó para retirar el barro y limpiar el Jardín.
Al morir Beltrán, en 1962, se encargó la dirección a Ignacio Docavo, catedrático de Historia Natural y entomólogo de formación, quien realizó grandes esfuerzos para mantener el Jardín que, por entonces y como consecuencia de la riada y del abandono posterior, estaba en ruinas. Sólo se conservaban los grandes árboles y los edificios, invernaderos y umbráculo estaban muy deteriorados. Durante los primeros años de su gestión, Docavo trató de recuperar los edificios, para volver a instalar la biblioteca, el herbario, el laboratorio y el semillero, y de consolidar la estructura de los invernaderos y el umbráculo. Se recuperó la actividad docente y se impartieron en el Jardín las prácticas de botánica de la Facultad de Ciencias y, posteriormente, de la de Biológicas y de Farmacia. En los años 60 Docavo encargó a Juan Pañella, jardinero y paisajista catalán, la remodelación del umbráculo y del invernadero tropical para instalar en ellos, respectivamente, un jardín de sombra y uno tropical. También fue obra de Pañella, aunque algo más tardía, la creación de un jardín de plantas suculentas.
La creación de las Facultades de Ciencias Biológicas y de Farmacia, con sus respectivas cátedras de botánica no afectó a la dirección del Jardín y ningún botánico se hizo cargo de él 1987.
LA RESTAURACIÓN
Los Estatutos de la Universidad de 1985 abrieron una nueva perspectiva para el Jardín Botánico, que dejó de depender de la Facultad de Ciencias al ser considerado un Centro universitario de investigación, docencia y cultura, dependiente directamente del rectorado. En 1987 el rector Ramon Lapiedra nombró director a Manuel Costa, catedrático de Botánica de la Facultad de Farmacia, y le encargó la redacción de un proyecto de restauración integral del Jardín para recuperar el uso de todas sus instalaciones y darle el contenido que le atribuían los Estatutos. El proyecto incluyó la restauración de los invernaderos y del umbráculo, la transformación de los cuadros de plantación, del sistema de riego, la remodelación de la Escuela Botánica, el desarrollo de nuevas colecciones de plantas, la implantación de un sistema adecuado de información y la construcción de un edificio de investigación. La primera fase, la recuperación del espacio ajardinado, se realizó entre 1989 y 1991. La segunda fase, la construcción del edificio de investigación, no pudo completarse, por distintas dificultades administrativas y económicas, hasta 1999.
La restauración del Jardín permitió recuperar los antiguos y deteriorados edificios. El umbráculo fue demolido y construido de nuevo. Se renovó la estructura metálica y la cristalera de los invernaderos, sólo se conservó la de la estufa tropical con un perfil muy singular que aún estaba en buen estado, y se instaló en ellos calefacción, riego y sistemas de humectación. La antigua estufa fría de grandes ventanales en el muro de mampostería, ocupada por el acuario, fue restaurada y dedicada a exposiciones y actividades culturales. En los invernaderos, que estaban deteriorados y vacíos, se instalaron colecciones nuevas de palmeras, orquídeas, bromeliáceas, plantas suculentas, tropicales, carnívoras. Todos se abrieron al público. Se creó la rocalla y nuevas colecciones de plantas útiles para el hombre: frutales, plantas medicinales, plantas de interés económico...., colecciones todas ellas que volvieron al Jardín después de años de haber desaparecido y que recuerdan las distintas épocas y orientaciones por las que pasó. Se reordenó la Escuela Botánica, adecuándola a los modernos conceptos de la sistemática, y se volvió a plantar.
El 12 de junio de 1991, tras permanecer dos años cerrado por las obras realizadas, el Jardín se abrió de nuevo al público, una vez concluida la primera fase de la restauración. Desde esa fecha ha dedicado una especial atención a la divulgación científica, manteniendo una incesante oferta de acogida para los colegios y potenciando el desarrollo de actividades educativas sobre temas de naturaleza y medio ambiente, a la investigación, centrada en la línea de la biología de la conservación y participando en proyectos de estudio de la diversidad vegetal, y a la cultura, acogiendo actividades de todo tipo como exposiciones de artes plásticas, conciertos o representaciones teatro.
La segunda fase de la restauración proyectada, la construcción del edificio de investigación, sufrió algún retraso, pero, finalmente, se pudo llevar a buen término, con la aportación económica de los Fondos Europeos de Desarrollo Regional. El nuevo edificio se inauguró el 18 de mayo del año 2000. Su construcción ha sido de gran importancia para la consolidación de la actividad científica, docente y cultural que el Jardín Botánico venía desarrollando. En él está instalado el herbario de la Universidad de Valencia y el banco de germoplasma de flora valenciana amenazada, que empezó a desarrollarse en 1990 en colaboración con la Conselleria de Medio Ambiente y que conserva las semillas y esporas de las plantas valencianas en peligro de extinción. Una biblioteca especializada en botánica ha encontrado, también, su ubicación en el nuevo edificio, abierta al público, reúne un importante fondo de revistas, artículos y libros para los aficionados y estudiosos de las plantas. El edificio está dotado de aulas y laboratorios, para poder explicar a los estudiantes cómo es el mundo de las plantas y cuál es su importancia para el hombre. Los laboratorios de investigación, el salón de actos y la sala de exposiciones son algunas de las nuevas dependencias del Jardín que completan la oferta científica y cultural de este centro ubicado en el corazón de la ciudad de Valencia.
Todo ellos hace que el Jardín Botánico de la Universidad de Valencia se encuentre actualmente en una situación inmejorable para atender, desde el ámbito universitario, las exigencias de la sociedad valenciana en temas de medio ambiente.