El Jardín Botánico de la Universidad de Valencia es un típico jardín universitario como los que surgieron en en siglo XVI en la Europa renacentista. Desde hace 200 años ocupa el antiguo Huerto de Tramoyeres, en el centro histórico de Valencia.
El objetivo principal del Jardín siempre ha sido mostrar la diversidad de las plantas, ordenada en colecciones científicas, útiles para la docencia e investigación universitarias.
En la actualidad se cultivan en él unas 4.500 especies distintas, ordenadas en 20 colecciones diferentes. La Escuela Botánica es la mayor y a ella unen 19 colecciones monográficas, que muestran las plantas útiles, las de desiertos o trópicos, las acuáticas o carnívoras, las autóctonas o exóticas, etc.


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Las palmeras forman una gran familia de plantas con más de 3.000 especies, ordenadas en unos 150 géneros, la mayoría naturales de países tropicales y subtropicales.
La colección de palmeras del Botánico se inició a mediados del siglo XIX y se encuentra repartida por todo el Jardín, desde cualquier punto pueden verse sus esbeltos tallos y sus penachos de hojas sobresaliendo del arbolado. Es una de las mejores y más interesantes de Europa, con más de 120 especies cultivadas al aire libre y numerosos ejemplares casi dos veces centenarios.
La colección se completa en el invernadero de la balsa, construido en 1888, donde se cultivan palmeras tropicales sensibles al frío.

Es una prolongación del aula que está presente en todos los jardines botánicos del siglo XVIII, ocupa la mitad sur del Jardín y es la colección más antigua. Fue creada hace 200 años para dar en ella las clases prácticas de botánica, aún hoy cumple esta función. En 16 cuadros reúne plantas de todo el mundo ordenadas sistemáticamente y muestra su diversidad actual, después de 300 millones de años. Los dos primeros cuadros se dedican a las monocotiledóneas, el tercero a las gimnospermas y los otros trece a las dicotiledóneas. Su recorrido ordenado permite apreciar los principales cambios evolutivos de las plantas: la reducción del tamaño de las flores y de las plantas, las adaptaciones a la polinización con insectos o aves, etc.

Una muestra de los ecosistemas valencianos se encuentra en una rocalla creada en 1990 a la que se llama “la Montañeta” por ser la única elevación existente en el Jardín. Aquí se han desarrollado varias unidades temáticas que representan la variedad de la flora y el paisaje valencianos.
Está recorrida por un pequeño riachuelo y en ella se puede ver el arenal costero, la rambla, el bosque mediterráneo con carrascas, coscojas, aladiernos, palmitos, o el matorral seco con tomillos, romeros, brezos, aliagas.
También hay plantas rupícolas entre las que se encuentran algunos de los endemismos valencianos más característicos, propios de los acantilados litorales de la Marina, o de los paredones verticales de la Tinença de Benifassà.

La región mediterránea posee una de las floras más originales y ricas de la Tierra, más de la mitad de las especies son exclusivas de este territorio y muchas viven sólo en áreas muy pequeñas.
La rocalla del Jardín reúne una colección plantas endémicas del Mediterráneo, algunas muy amenazadas y actualmente protegidas, y trata de mostrar al visitante la influencia del aislamiento geográfico sobre la diversificación de las especies: la vicarianza.
Junto a esa riqueza florística se pueden ver también algunos de los cultivos leñosos (olivo, algarrobo, almendro), que desde hace miles de años se han extendido por todo el Mediterráneo y que le dan cierta unidad cultural.

El umbráculo de hierro y ladrillo fue construido en 1900. Destaca por su cubierta autoportante y los adornos neogriegos de las columnas y los remates.
El toldo tamiza la luz y crea una suave sombra que permite el desarrollo de las plantas esciófilas. Son plantas con hojas grandes muy verdes, capaces de asimilar la energía de la luz difusa.
Hay palmeras de los densos bosques subtropicales, helechos arborescentes de Centroamérica, ficus asiáticos, aráceas americanas, araliáceas de Asia o Australia, diversas variedades de la europea hiedra y begonias de todo el mundo.
Por la celosía de la fachada sur trepan los rosales y al pie de los adornos de hierro hay macetones con madroños y gazanias.

Fue construido entre 1860 y 1862 y es un magnífico ejemplo del uso temprano del hierro y el vidrio como materiales constructivos.
Al entrar llaman la atención las lianas que cubren el muro. También son llamativas las plantas epífitas, orquídeas o bromeliáceas, que viven en las ramas de los árboles, sobre troncos caídos o en los cestos colgantes de fibra de coco. Destacan la palmera botella de las Mascareñas, el bambú ventricoso y el castaño de la Guayana.
Algunas plantas son frecuentes en nuestros hogares como ficus o drácenas. Otras producen frutos comestibles como el cafeto, la platanera o la piña tropical. Hay helechos arborescentes y plantas de flores y hojas vistosas.

En las fuentes, balsas, estanques, acequias y riachuelos del Jardín hay plantas acuáticas de distintos tipos, pero la colección más importantes se sitúa en la balsa que da nombre al invernadero de las palmeras tropicales.
Las plantas se cultivan en grandes macetones. En los que sobresalen del agua están las especies de que viven solo con las raíces sumergidas: eneas, papiros, talias, calas. En los sumergidos las de hojas flotantes que enraizan en el fondo: nenúfares, flor del loto. Además, por la balsa flotan libremente, sin fijación al suelo, jacintos, lentejas y lechugas de agua.
El verano, con los nenúfares en flor es la época de mayor esplendor de la balsa.

En el extremo norte del Jardín se extiende una zona arbolada donde durante años se han plantado árboles de gran tamaño, los más característicos de los bosques de la Tierra. Con el paso del tiempo se ha desarrollado un curioso bosque imaginario denso, umbrío y fresco.
La mayoría de los árboles son caducifolios como el gran roble americano, el pecanero, el arce de Montpellier o la morera de papel. Con ellos conviven otros de hoja persistente como el pino piñonero, la carrasca, el tejo o la fotinia. También hay palmeras datileras y canarias, livistonas, sabales y whasingtonias. Tapizando el suelo se encuentran diversas especies que toleran bien la sombra: helechos, ruscos, bambúes, cintas.

De todas las especies vegetales solo unas pocas, en su mayoría pertenecientes a la familia de las gramíneas, pueden ser empleadas para crear céspedes. Tienen que soportar la siega sistemática y frecuente, resistir el pisoteo, y formar un tapíz verde, continuo y compacto.
En el Jardín se dedican dos cuadros a mostrar las especies más utilizadas en los céspedes para climas mediterráneos. Cada especie ocupa un hueco y recibe el tratamiento de pradera artificial, con siegas, riegos, abonados, etc.
Siguiendo una práctica muy extendida en jardinería, los céspedes se han combinado con coníferas como pino chileno, secuoya gigante, ciprés calvo, cedro, tuya, enebro, sabina.

En las flores se disponen los órganos sexuales de las plantas, generalmente rodeados de una o varias envueltas más o menos vistosas y coloreadas, y de tamaño variable. Las flores más llamativas son las de las que deben atraer a los insectos para asegurar su polinización.
Para aumentar la gama de colores y romper el monótono verde del Jardín, hay macizos de planta de temporada donde se suceden salvias, begonias, petunias, pensamientos, primaveras, caléndulas, las plantas propias de cada temporada, mantiendo durante todo el año la presencia de vivos colores.
También algunos árboles y arbustos contribuyen al colorido del Jardín, en ocasiones formando un denso tapíz sobre el suelo cuando caen sus flores.

Las plantas crasas están adaptadas a condiciones extremas de aridez. Cuando llueve son capaces de acumular agua en los tejidos internos y aprovecharla durante las largas épocas de sequía. La mayoría proceden de los desiertos de América y Africa.
En el Jardín están ordenadas por su procedencia geográfica. Así la mayor parte del cuadro del sur se dedica a los desiertos africanos (incluyendo Canarias), allí pueden verse cardones, euforbias arbóreas, aloes, aeonios, aizoáceas y crasuláceas. Las plantas americanas ocupan la mitad norte y su colección está formada por cactus globosos o columnares, chumberas, yucas y piteras.
La colección continúa en la "Caseta del Romero", donde están las especies más sensibles al frío.

Las plantas trepadoras, lianas o bejucos son un ejemplo de adaptación de los vegetales a la búsqueda de la luz. Crecen tan rápidamente en longitud que no pueden mantenerse erguidas por sí mismas y necesitan un soporte.
El Jardín se encuentra totalmente rodeado por un muro, típico de los antiguos huertos valencianos. Aprovechando esta estructura se dispuso en su parte interior una colección de plantas trepadoras.
A lo largo del muro pueden verse distintas estrategias de fijación: las raíces caulógenas de las hiedras, las espinas de los rosales, los zarcillos volubles de las vides y pasifloras, los zarcillos rígidos de la garra de gato, o los tallos volubles de las madreselvas y las glicinias.

Las plantas son fundamentales no solo como productoras de oxígeno, sino también como fuente de la mayor parte de los productos que la humanidad necesita para subsistir. Desde siempre el hombre las ha utilizado como alimento, vestido, cobijo, medicina, fuente de calor. Pero de los cientos de miles de especies vegetales que hay en el mundo solo unas pocas son cultivadas, son las plantas útiles.
Varias colecciones se dedican a ellas en el Jardín. Están agrupadas por su uso y forma de cultivo hay plantas medicinales, textiles, de secano, de huerta, frutales, cítricos, maderables o tintóreas. Cada una se cultiva y cosecha de forma tradicional, respetando la alternancia de cultivos y las épocas de siembra.

Frente al invernadero tropical se encuentran, formando un conjunto armónico, cuatro pequeños invernaderos de hierro y vidrio construidos a finales del siglo XIX. Están parcialmente enterrados, y durante años sirvieron como estufas de propagación donde se realizaban las siembras y estaquillados para producir las plantas que luego se trasladaban a las colecciones del Jardín. La restauración de 1990 sirvió para recuperarlos y abrirlos al público.
Sobre las antiguas mesas de siembra se instaló, en cada uno ellos, una colección de plantas, singular, atractiva y exótica (helechos, orquídeas, bromeliáceas y plantas insectívoras), que no podía mantenerse al aire libre.